La historia de parto de Karla

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La historia de parto

Mi hijo Andreu nació el domingo 22 de agosto a las 7:15 am. El viernes anterior recuerdo despertarme con la sensación de estar “llena”, fui al váter después de desayunar y expulsé el tapón mucoso completo. Al día siguiente me desperté sobre las 6:30 am, llevaba unos cuantos días despertando muy temprano con muchas ganas de hacer pípi. Volví a la cama, mi marido se había ido de ruta en bici y mi hija mayor dormía aún, así que intenté volver a dormir pero sentí una pequeña punzada y unos 10 min después otra y así. Entonces me di cuenta que eran pequeñas olas que ya seguían un patrón claro y me emocioné mucho. Le envié un mensaje a mi marido y avisé a mi madre.

Todo ese día estuve con olas muy tolerables, mi hija de 4 años me hacía masajitos mientras yo estaba en la fitball, mi pareja me ayudaba con la máquina TENS y hacía todo lo que aprendimos en el curso. Mi mamá nos decía que nos veía increíblemente relajados y así nos sentíamos. El verano valenciano es implacable y era imposible salir, a pesar que el cuerpo me pedía moverme. Después de cenar el clima nos permitió irnos los cuatro a pasear. Mi mamá se quedó con mi hija en el parque y mi esposo y yo caminamos mientras hacía respiraciones.

Sobre las 22.30 le pedí volver a casa porque no quería agotarme y no sabía si el bebé me dejaría dormir. Tomé una ducha mientras mi marido intentaba dormir a la peque. Me acosté sobre la medianoche y sentí un par de olas más intensas, en la tercera adopté una postura en cuatro puntos, liberando lumbares y, pam, sentí cómo rompía aguas. A partir de ese momento todo fue muy rápido: pasé de tener olas cada 5 min a cada 2 y bastante más intensas. Explicamos esto a la matrona por teléfono y nos dijo de acercarnos ya al hospital. Volví a cenar y nunca olvidaré la cara de incredulidad de mi madre viéndome comer un sándwich mientras me suplicaba que ya me fuera. Le di un beso a mi hija y nos marchamos, llegando al hospital poco antes de la 1 am. Me hicieron un tacto y apenas estaba de 1 cm, no me lo podía creer. Además, hubo una serie de acontecimientos que me hicieron muy difícil el poder liberar oxitocina como hubiese querido: errores de sistema por lo que no me ingresaban, una matrona que no fue precisamente empática, más de 1hr completamente sola, entre otros. Sin embargo, las enfermeras fueron un encanto y me metieron en la ducha para darme chorros de agua caliente en la espalda baja y eso me ayudó muchísimo. Además, mi marido me ofrecía agua constantemente y estaba muy atento apoyándome.

Con todo y todo, solo 5 horas después de llegar al hospital y sin ninguna medicación ya estaba de 10 cm y lista para pujar. En este punto ya había pedido la epidural, me estaba notando cansada pues llevaba todo ese tiempo andando, que era lo que me pedía el cuerpo y, además, las olas eran tan intensas y frecuentes que no me daba tiempo a recuperarme. Me preguntaron si estaba segura de no querer intentarlo sin epidural pero yo ya tenía clara mi decisión. La dosis que me pusieron fue la ideal: seguía sintiendo todo pero sin dolor, solo presión, podía moverme y andar. De hecho, me la pusieron estando de pie pero recostada sobre la cama y entre olas; el médico fue majísimo y muy atento. Fue entonces que llegó la gine de guardia porque, para mi suerte, mi ginecólogo no estaba en la ciudad justo ese día, también una pedazo de profesional.

Llegados a este punto, recuerdo que hubo un momento en que pensé que quería irme a casa, no sabía si podría hacerlo, quería estar con mi madre e irme de allí y fue cuando me acordé del curso y me dije a mí misma “no, esto significa que falta muy poco, yo puedo, yo puedo, yo puedo”. Logré volver a centrarme cuando me dijeron que ya se veía la cabeza, me pusieron un espejo para poder verlo y pude acariciarlo, fue maravilloso. Unos momentos después, la ginecóloga me dijo que lo estaba haciendo genial pero el bebé venía un poco atravesado, por lo que se colocaba y volvía a ascender (entonces entendí por qué sentía esa necesidad de estar de pie y andando). Me dijo que, aunque el bebé no presentaba ningún tipo de estrés fetal, ella veía conveniente usar ventosa y ayudarme a mí un poco, pero que decidiera yo lo que quería hacer. Bendita información, sabía exactamente a qué se refería, le pregunté si se trataba del Kiwi (se sorprendió que supiera el nombre de la máquina) y le contesté que sí. Volvió a pedir mi consentimiento para usarlo y dos o tres olas después nació mi bebé.

Recuerdo a mi marido llorando de felicidad, minutos después cortó el cordón y yo seguía sin poder creer que tenía a mi bebé conmigo, fue un subidón de oxitocina impresionante, sentía como si fuese capaz de cualquier cosa en ese momento. Verle con sus ojitos tan abiertos, observándolo todo desde este lado de la piel… nunca lo olvidaré.

Después de felicitarme por lo bien que lo había hecho, la gine me preguntó por qué tenía una cesárea anterior y aquí os cuento mi historia: el embarazo de mi hija mayor era gemelar pero, desgraciadamente, una de mis mellizas tenía cardiopatías muy graves que hacían casi nulas sus probabilidades de supervivencia, por lo que decidimos hacer una terminación a la semana 20. Mi otra hija venía sana y los médicos nos recomendaron una cesárea programada, puesto que tendrían mayor control. Hubo complicaciones en la cesárea y tuvieron que sedarme completamente. Entre el duelo por la pérdida y el perderme el nacimiento de mi niña, el posparto fue espantoso. Me tomó más de 4 años animarme a un nuevo embarazo y, francamente, no lo pasé muy bien, a pesar de que esta vez no había ningún problema.

Cuando le dije a la gine la razón por la que me había preparado tanto y lo importante que era para mí lograr un PVDC, me felicitó y me dijo que era una campeona. Solo lloré cuando le expliqué todo esto, porque sentí que al fin era capaz de soltar y quiero agradecerte infinitamente, Paula, por ser parte de esto. Aunque las cosas no transcurrieron exactamente como nos hubiese gustado, el parto de nuestro hijo fue maravilloso. Creo que incluso me enamoré más de mi marido, al verle tan atento en poner aromaterapia, cuidar las luces, ofrecerme agua, darme masajes… todo lo que había estudiado una y otra vez en el curso. Tuve unos cuantos puntitos pero superficiales, internamente no tuve absolutamente nada. Además, esta vez el posparto ha sido totalmente distinto, no he tenido un solo día triste y, en esta ocasión, sí me enamoré de mi bebé inmediatamente. Ese chute de oxitocina no lo olvido, qué importante era para mí comprobar que mi cuerpo podía hacer su trabajo. No con esto quiero decir que haya sido fácil pero me alegro muchísimo de habernos preparado tanto y lograr un parto.

Creo que como reflexion final me gustaría decir lo siguiente: a pesar de que pueden surgir situaciones no planeadas o cosas con las que no contabas, como fue nuestro caso, también se puede tener una experiencia inolvidable e, incluso, sanar el alma en el proceso.

Muchísimas gracias, Paula.

Karla