La historia de parto
Por fin he encontrado un rato para escribirte mi historia de parto. Para mí fue, sin duda, la experiencia más bonita y emocionante que he vivido nunca. Y siento que, en gran parte, fue gracias a tu curso de hipnoparto, a tu libro 'Dar a luz con hipnoparto' y a haberme adentrado en este mundo del parto natural, aprendiendo a confiar en mi cuerpo y a vivir el parto como un proceso fisiológico más que como un proceso médico.
Desde hace años, en mi familia me llaman “la naturalista”. No uso tóxicos en cremas, detergentes ni productos de limpieza, evito los ultraprocesados y, en general, intento que mi vida sea lo más coherente posible con lo natural, con lo que nos ha dado la naturaleza. Así que, partiendo de esta base, cuando me quedé embarazada tenía muy claro que quería un parto lo más natural posible. Respeto todas las decisiones, pero yo sentía que necesitaba vivirlo así.
Durante el embarazo empecé a leer varios libros. Ya había escuchado hablar del hipnoparto, encontré el tuyo, me lo compré y lo leí. Y cuando lo terminé lo tuve clarísimo: esto es lo que yo quería. Después vi que ofrecías un curso online y decidí apuntarme con mi marido, Miguel. Es verdad que llegamos un poco tarde (mi fecha prevista de parto era a finales de diciembre y el curso fue a finales de noviembre), yo ya estaba muy embarazada, pero aun así fue una experiencia preciosa. Gracias al libro y al curso pude practicar las técnicas y afianzar una confianza enorme en mi cuerpo.
Yo iba a dar a luz en el Hospital Quirón de Pozuelo, en un parto “premium”, con habitación con bañera y la posibilidad de elegir equipo. Mi matrona, Marcela, estaba especializada en hipnoparto y mi ginecóloga, Alexandra Henríquez, es especialista en parto natural. Desde el principio hablé con ella del tipo de parto que quería y en todo momento me sentí apoyada. Saber que las personas que iban a acompañarme ese día confiaban en mis decisiones me dio una tranquilidad inmensa.
Y entonces, en la semana 39+3, una noche me fui a dormir como cualquier otra. Hice mi rutina facial, tranquila… y a las tres de la madrugada me desperté porque tenía la cama mojada. Pensé que era raro, fui al baño y me di cuenta de que había roto la bolsa. No tenía ninguna ola, así que avisé a mi matrona y a mi ginecóloga y decidí volver a acostarme. Intenté abrazarme a mi marido para generar oxitocina, pero estaba agotada y no sentía nada. Me dormí.
A la mañana siguiente seguía igual, sin olas. Pensé que había que generar oxitocina como fuera. Era lunes, aún no había llegado a la semana 40 y decidimos quedarnos en casa. Mi marido fue a por mi café favorito, me preparó un desayuno riquísimo, llovía fuera y pasamos la mañana tranquilos, escuchando la lluvia. Incluso hice yoga. Me sentía bien, pero las olas eran muy leves.
A las tres de la tarde, después de ya varias horas con la bolsa rota, mi matrona me dijo que ya era momento de ir al hospital para valorar cómo estaba todo. Así que nos fuimos, aún sin apenas actividad. Nos dijeron que nos quedáramos allí y que iríamos viendo cómo evolucionaba todo. Yo lo tenía clarísimo, no quería inducción. Necesitaba relajarme y generar oxitocina como fuere, y es verdad que al estar ya alli, en el sitio que habia decidido para parir, me tranquilizó, algo en mi mente cambió.
Convertí la habitación del hospital en una habitación de hotel. A mi marido y a mí nos encanta viajar; él trabaja en el mundo hotelero y estamos muy acostumbrados a ese ambiente. Llevé mis luces rojas (soy una loca de la luz roja), mi playlist de Planeta Parto, la pelota… Era ya por la tarde, el día estaba oscuro y todo acompañaba. Nos tumbamos juntos en la cama y, al relajarme, empezaron las olas. Y empezaron fuertes y seguidas, cada tres minutos. Fue como si todo se desbloquease de golpe.
Desde las cinco de la tarde hasta las once de la noche estuve en pleno proceso de dilatación. A partir de las nueve llegó mi matrona y me acompañó. Utilicé aceites esenciales preparados específicamente para el parto por mi socia, que es aromaterapeuta y me ayudaron muchísimo. Había momentos en los que incluso me dormía entre ola y ola. Las olas eran intensas, cada vez más, pero no las vivía como sufrimiento. Tenían un sentido. Era una intensidad con un fin, completamente distinta a un dolor sin propósito.
Cuando llegó el momento de pasar a paritorio, hice todo el camino con los ojos cerrados, agarrada a mi matrona y a mi marido, con los cascos puestos y mi música, para no salirme ni un segundo de mi planeta parto.
En el paritorio comenzó el expulsivo y, para mí, fue la parte más dura. La más larga y la que más me costó. Estaba muy cansada, las olas ya eran muy intensas y, en los pocos minutos de descanso entre olas, me dormía. Todo ese momento lo recuerdo como algo muy intenso y un poco nublado. Probé muchas posiciones: la silla de partos, colgada de las lianas (que a mí no me resultaron nada cómodas), en cuadrupedia, de lado, boca arriba… pero no terminaba de encontrarme. Cuando llegó mi ginecóloga sentí que entró una nueva energía, una nueva calma y volvió a movilizarse todo.
Finalmente me puse en la posición que nunca habría imaginado. Yo siempre pensé que pariría en cuadrupedia o en cuclillas, porque soy muy atlética y elástica, he hecho diez años de natación sincronizada, practico yoga, pilates, nado, entreno fuerza y flexibilidad todos los días (y mas durante el embarazo)… pero no fue así. Me tumbé en la camilla, me dejaron el sacro libre retirando parte de ella, con las piernas apoyadas, y me colocaron una barra arriba. Esa barra me dio la vida. Cada vez que llegaba un pujo empujaba agarrada a ella con todo mi cuerpo.
Aun así, sentía que empujaba pero no avanzaba mucho, hasta que pedí un espejo. Me pusieron un espejo grande frente a mí y ahí todo cambió. Yo soy muy visual, me dedico al arte, soy consultora de arte, y la vista es mi principal vía de conexión con el mundo. Ver mi cuerpo fue clave. Cuando la ginecóloga me dijo “mira, ¿ves el pelo?”, aunque aún estaba bastante dentro, eso me empoderó de una manera brutal. Volví a conectar con mi cuerpo a través de la vista.
Y entonces, en cuatro pujos, salió la cabeza… y después, eran justo las 5:40am del 16 de Diciembre de 2025, yo misma me saqué a mi hijo. Me lo puse directamente piel con piel. Yo estaba completamente desnuda (nunca entendí cómo hay gente que pare con camiseta, yo me lo quité todo en cuanto empezaron las olas ajjajaja) Mi marido hizo el pinzamiento tardío del cordón umbilical y ahí estábamos. Un gordito precioso de 3,620 kg.
Esta es mi historia. Es algo muy personal, pero siento que es importante compartirla. Me gustaría empoderar a mujeres que desean vivir su parto como un proceso fisiológico, alineado con su energía y con sus sentimientos, aunque muchas veces el entorno te diga lo contrario. A mí me decían constantemente: “Bájate de la nube, que luego llegas al hospital y pides la epidural”. Pero yo lo tenía muy claro. Y creo profundamente que cuando una mujer sabe lo que quiere, lo trabaja y lo sostiene en su mente y en su cuerpo, se puede lograr.
Gracias de corazón por tu curso, por tu libro y por la labor que haces. Ha sido un placer compartir esto contigo y lo será aún más grabar ese episodio cuando tú quieras.
Un beso muy fuerte, Paula, y gracias de nuevo.
Carmen
