La historia de parto
Dicen que cada parto es un viaje distinto, y que incluso antes de empezar ya está marcado por la historia que lo precede.
El mío comenzó mucho antes de las primeras contracciones.
Siete años atrás tuve una cesárea de urgencia provocada por una reacción de hipotensión severa a la epidural, que después supimos que había sido una epidural total, un accidente médico.
Aquel episodio terminó con una anestesia general y un despertar sin recuerdo del nacimiento de mi hija.
Esa herida me acompañó mucho tiempo.
Para prepararme para este nuevo parto, trabajé con mi terapeuta para elaborar el trauma de aquella experiencia. Él me acompañó a entender lo que había pasado, a soltar el miedo y a recuperar la confianza en mi cuerpo.
También me preparó audios de hipnosis personalizados, centrados en la auto-hipnosis, el manejo del dolor, la conexión con mi cuerpo y la confianza en mi capacidad para parir y la de mi bebé para nacer.
Además, leí el libro y realicé el Pack Digital de hipnoparto de myBabymyBirth, que me ayudaron a profundizar en la fisiología del parto y a entender qué había salido mal la primera vez.
Todo ese proceso me permitió armar mi propia caja de herramientas, con recursos reales y emocionales para lograr el parto que deseaba: un parto vaginal después de cesárea, sobre todo, un parto fisiológico, natural, consciente, sin epidural.
Era mi forma de reconciliarme con mi cuerpo, de recuperar lo que no había vivido la primera vez.
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Todo comenzó en la noche del miércoles 15 al jueves 16 de octubre, justo al cumplir 40 semanas.
Empecé a notar contracciones en la espalda, lo suficientemente intensas como para despertarme cada hora, aunque todavía podía volver a dormirme.
Pasé la noche entre respiraciones y pequeños sueños rotos, hasta las cinco de la mañana, cuando ya no logré dormir más.
Durante el día expulsé la mayor parte del tapón mucoso, pero todo siguió tranquilo, como si el cuerpo se preparara sin prisa.
Esa noche las contracciones regresaron, más marcadas, cada diez o veinte minutos.
Dormí poco más de una hora.
El viernes 17, las contracciones fueron irregulares: a veces cada diez, otras cada siete o cinco minutos. Iban y venían sin establecer un patrón claro. Me recordó los relatos que había leído de partos de bebés en posición posterior: pródromos largos, contracciones erráticas y dolor concentrado en la espalda. Aún así, sentí que estábamos cerca, así que pedí a mi marido que llamara a mis padres para que se quedaran con mi hija mayor esa noche. Sabía que mi cuerpo se estaba preparando de forma lenta pero decidida.
Durante todo el día me concentré en gestionar las contracciones mientras que escuchaba mis audios de hipnosis, afirmaciones positivas y veía a ratos Friends.
En efecto, esa noche las contracciones se reactivaron y llegamos al famoso patrón de contracciones de 1 minuto de duración, cada 5 minutos durante una hora. A pesar de la intensidad de las olas, mi esposo y yo estábamos pletóricos, felices de irnos al hospital y conocer pronto a nuestra bebé.
Llegamos al hospital en la madrugada del sábado 18 de octubre, alrededor de la 1:00 a.m. Las contracciones se reactivaron e intensificaron tan pronto como llegamos.
Sentía cómo se volvían cada vez más seguidas, más potentes. Definitivamente, al igual que durante las últimas horas en casa, ya no podía hablar durante ellas: tenía que concentrarme completamente en la respiración. Mi cuerpo se movía solo, buscaba posiciones cercanas al suelo, inclinada hacia adelante, en cuatro apoyos, en la postura del niño, o apoyada contra la pared. Era un movimiento instintivo, casi animal, de rendirme a lo que estaba ocurriendo.
Cuando la matrona me examinó, confirmó que tenía 2 centímetros de dilatación y el cuello posterior.
Ese momento fue un golpe duro. Tuve un bajón muy fuerte. Sentí una mezcla de frustración y pero no desconcierto, porque intuitivamente sabía lo que estaba pasando.
Pensé: si estoy de 2 cm, ¿qué va a pasar cuando esté de 6 o de 8? No sabía qué más podía hacer para sostenerlo.
Fue la primera vez que pensé: tal vez no voy a poder hacerlo. Aun así, seguí intentando avanzar. Me metí en la bañera buscando alivio.
El agua me relajó unos minutos, pero las olas se volvieron cada vez más intensas y seguidas, cada 45 segundos o un minuto. Eran tan intensas que empecé a perder la capacidad de respirar con serenidad.
Tras una ola intensísima, con una mezcla de cansancio y lucidez, hice cuentas.
Tenía casi 48 horas sin dormir. Si apenas estaba comenzando y el dolor era así, no tenía sentido resistirme hasta el límite. No quería llegar sin fuerzas al final, y aunque me daba miedo —por mi historia, por lo que representaba— pedí la epidural.
Me pareció que este tiempo iniciql en el hospital no duró más de 1 o 2 horas. Mi esposo luego me confirmó que fueron más de 6. Estaba en completo trance.
Me la colocaron alrededor de las ocho de la mañana, cuando supongo tenía 2 o 3 centímetros. El cuerpo se relajó, el alma también. Por primera vez en muchas horas, sonreí.
Enseguida llegó mi doula para darle un respiro a mi marido. Mientras yo dormitaba y trataba de no hablar demasiado para mantener el flujo de oxitocina.
A las 9:30 am, ya estaba en 8 cm. Mi doula y yo no lo creíamos. La bolsa de mi bebé estaba intacta pero ella aún en posición posterior. La matrona me sugirió acostarme del lado izquierdo para ayudarla a rotar y me sugirió que le diéramos una hora a bebé para acomodarse y me pidió autorización para romper la bolsa luego de este plazo para acelerar el proceso. Viendo cómo progresaba todo, estuve de acuerdo y nos apuramos a decirle a mi marido que volviera pronto porque todo estaba avanzando más rápido de lo esperado.
A las 10:30 am, estaba dilatada de 9.5 cm cuando la matrona hizo la ruptura de la bolsa. Encontraron algunas trazas de meconio pero no mostraron preocupación. Seguimos.
Le dieron a mi cuerpo unas 2 horas y media más para prepararse para el expulsivo. Durante todo momento, sentí las olas, mi utero ayudándola a hacerse paso y mi bebé poco a poco descendiendo.
El expulsivo fue un paseo. Como preservé la sensación pujé instintivamente, visualizando el área donde sentía la presión y a mi ritmo. Las matronas estaban impresionadas de lo eficientes que eran los pujos.
En cuatro contracciones y 12 pujos nació Clara, nuestra lucecita.
Se la llevaron unos segundos luego de ponerla en mi pecho porque había aspirado un poco de líquido. Mi esposo estuvo con ella y a los pocos minutos me la trajeron para completar más de 3 horas de piel con piel.
Entretanto, completaron el alumbramiento dirigido de la placenta, que es protocolo en Francia, y me cogieron un solo punto interno en la vagina. Ni siquiera lo sentí.
No fue el parto que había imaginado, pero sí fue el parto que me reconcilió con mi historia.
Durante años, la epidural había simbolizado lo que me había arrebatado mi primer parto.
Esta vez, en cambio, fue una decisión consciente, tomada desde la calma y la claridad.
Salí de ese parto en paz, sabiendo que había vivido lo que necesitaba vivir.
Quizás no fue el parto perfecto, pero sí el mejor parto para mí. Porque esta vez fui yo quien decidió, quien sintió, quien estuvo presente
Natacha Letort
