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El parto de Melissa

Parto:

Inducido por rotura de bolsa

Gestación:

39s+5d

Curso:

Libro 'Dar a luz con hipnoparto'

La historia de parto

Aunque no hice el curso de hipnoparto, me acompañaste durante todo mi embarazo con tu podcast y tu libro. Me ayudaste a confiar en mi misma y me despojaste de miedos y prejuicios.

Así que, hasta cierto punto, creo que te debía mi relato de parto. Me hubiera gustado que fuera más positivo, pero ¡oye, es el mío! Y ahora mismo, mientras me relajo con mi bebé en mi pecho en una de esas increíbles siestas de contacto, te lo comparto.

He tardado un poco porque necesitaba tiempo para procesar. Después de un embarazo soñado, me había dado licencia para soñar también con un parto según mis preferencias (idealmente en el agua, lo menos medicalizado posible). Naturalmente sabía que las cosas podían no ir como yo esperaba y que llegado el momento habría que fluir, tal y como pasó. Aún así terminó siendo la experiencia mas brutal de mi vida con sus momentos increíbles y otros a sanar. Tiempo y amor a todo.

Durante las últimas semanas de mi embarazo experimenté una nostalgia tremenda por su final. A pesar de saber que lo que estaba por venir sería aún mejor, me costaba cerrar la que consideraba había sido la etapa más bonita de mi vida hasta el momento. Se me hacía duro pensar que nunca volveríamos a estar tan pero tan cerca. Pero justo una semana antes de ponerme de parto me levanté un día con un estado de ánimo muy raro, como muy introspectiva. Laia, mi pareja, lo notó y, con su habitual empatía y mucho tacto, me ofreció llevarse a mi madre de casa para que yo pudiera quedarme sola. Ni yo misma sabía cuánto necesitaba esto después de unas semanas de tanta compañía. Una vez sola con mi bebé, me puse a hablar con ella. Le dije que nos quedaba poquito tiempo así y que eso me ponía triste aunque al mismo tiempo me moría por conocerla: por ver su carita, por escucharla y oler su cabecita. Le dije lo agradecida que estaba con ella, con mi cuerpo y con el Universo por haberme permitido crearla y llevarla dentro de mí como el más grande tesoro. Le dije que la esperábamos con toda la calma y la ilusión y que, si ella estaba lista para venir al mundo, nosotras también lo estábamos para recibirla. Lloré mucho y con ganas y después de hacerlo sentí mucha paz. Esa misma noche comencé a notar alguna contracción (claramente diferente a las Braxton) que se prolongaron durante una semana despertándome por las noches. La gente siempre me dice que qué duro estar una semana entera con contracciones sin saber cuándo sería el día. Hoy por hoy creo que yo sabía que esa era la última semana de mi embarazo y que necesitaba esa semana para despedirme de él. No se me hizo duro, se me hizo bonito.

El domingo 12 de octubre a las 19:30h, después de dar un paseo con Laia y mientras me estaba duchando, noté pérdida de líquido escasa que un par de horas después se volvió más franca, compatible con una fisura de la bolsa. Me puse contenta porque pronto conocería a mi bebé, pero al mismo tiempo un poco nerviosa porque sabía que eso nos ponía en una especie de carrera contra el reloj. Con la fisura franca de la bolsa y la búsqueda de oxitocina (cena rica, masajito por parte de mi pareja, Friends abrazadas en el sofá) llegaron las primeras contracciones. Las recibí con alegría e ilusión confiando en mi cuerpo. Terminamos los últimos preparativos de bolsa de hospital, apagamos todo y nos hicimos nuestra cueva en la habitación. Laia se fue a dormir para coger fuerzas para lo que venía y yo me puse a gozarme ese momento. Estuve toda la noche con contracciones y para mí fue pura magia. Hice de todo: las dormí a minutos, me las bailé, las caminé arriba y abajo del pasillo, las canté. Cuando se comenzaron a animar, me instalé en la pelota, desperté a Laia para que me pusiera la máquina TENS y la felicité por su cumpleaños (¡sí, Laia estaba a punto de tener un cumpleaños muy movido y de recibir un gran regalo!). Y así seguimos hasta que llegó la mañana. Infortunadamente, las horas pasaban y, a pesar de ir in crescendo, las contracciones no llegaban a ser tan seguidas como para considerar un trabajo de parto activo, por lo que llegó la hora de ir al hospital.

Nada más pisar el hospital se me frenó todo. Al llegar me dijeron que, por horas de bolsa rota (casi 18), deberían comenzar antibiótico e inducirme el parto. También me dijeron que no podría usar la bañera de partos. Todo con un tono de regaño. Me puse muy triste. La inducción era un escenario que yo no deseaba y con la información que tenía sabía que podíamos esperar un poco más a ver si se reanudaba todo. No me dieron opción y tampoco supe negociar nada (cuando te sacan la “carta del niño muerto” te quedas un poco sin armas). Nadie se preocupó tampoco por saber por qué yo estaba tan disgustada, por qué me negaba a ponerme una bata horrorosa en vez de mi ropa normal o a aceptarlo todo sin más. Al final Laia y yo nos abrazamos y cambiamos el chip. En cuanto pude (y sin preguntar a nadie) me puse mi ropa de nuevo, pegué mis afirmaciones positivas en la pared, comimos sushi apto para embarazadas (ya era mediodía del lunes), puse Juan Luis Guerra, comencé a bailar y a moverme y, poco después de haber puesto el primer Propess, volví a sentir contracciones. Sin embargo, éstas no tenían nada que ver en cuanto a intensidad con las que yo había vivido de manera fisiológica en casa. Decidí tomármelo como una señal de que la cosa avanzaba pero fue intenso. No hizo falta oxitocina.

El cambio de turno también supuso un cambio de aires. Nos tocó una comadrona joven que fue toda una bendición. Se sentó con nosotras a repasar nuestro plan de parto y nos propuso nuevas opciones para dulcificar la situación en vistas de que habría cosas que ya no irían como yo las había soñado. Aquello fue una curita para el alma y le estaremos eternamente agradecidas. Qué delicia encontrar profesionales con tanto amor por su trabajo y en los que resulta tan fácil confiar.

A las 23:00h del lunes 13 de octubre, agotadas mis otras herramientas de alivio del dolor, pedí la epidural. Probamos primero una “walking” que no fue bien (se me lateralizó) y me hizo vivir el peor momento de dolor de todo el parto. Me pincharon por segunda vez y la convirtieron en una epidural convencional, tras lo cual pude descansar un poco. Durante la administración de la segunda epidural tuve una rotura franca de la bolsa y a partir de ahí todo fue muy rápido.

Pasé de 2 cm a dilatación completa en unas tres horas y a las 5:00h del martes estábamos listas para empujar. El expulsivo me pareció una pasada, ¡me lo pasé tan bien! Para ese momento ya se me había pasado bastante el efecto de la anestesia, podía moverme y sentir la sensación de presión con cada contracción. La comadrona nos supo guiar muy bien usando el espejo (¡vaya chute de energía ver todo ese cabello oscuro a punto de salir a este mundo!) y varias posiciones. Fue lento, con pocos pujos cada vez y con momentos para descansar (nos quedábamos hasta dormidas en medio de los intentos). Justo antes de que saliera, la sentí moverse y fui muy consciente de que esa sería la última vez que la notaría de esta manera. Creo que lloré un poco de nostalgia y felicidad.

Finalmente Emma nació a las 7:20h del martes 14 de octubre, perfecta y maravillosa, después de 36 horas de intenso viaje y con 3200g a sus 39+5 semanas de edad gestacional. Pude recoger su cuerpecito con mis propias manos hasta ponerlo en mi pecho y sentir aquel precioso olor a vida recién estrenada (mi nuevo olor favorito).

Realizaron pinzamiento óptimo del cordón y lo cortó Laia. El alumbramiento lo hicimos dirigido porque era lo recomendado después de un parto inducido.

Ahora la parte en la que aún estamos trabajando mucho para sanar el recuerdo. A las dos horas del nacimiento, mientras estábamos las tres abrazadas y justo antes de subir a la planta, hice una hemorragia posparto importante. Me empecé a encontrar muy mal y entró mucha gente de golpe corriendo a atenderme. A pesar de que nos decían que estuviéramos tranquilas, sus caras decían otra cosa (ambas somos médicas y hemos dicho estas cosas mientras por dentro nos morimos de preocupación). Esta vez, viviendo las cosas desde el otro lado, pasamos mucho miedo. La cara de susto de mi pareja mientras abrazaba a nuestra bebé es una de esas cosas que aún me hace derramar una lagrimita cada día. Al final lograron detener la hemorragia bien y, aunque pasé unos días difíciles, actualmente me encuentro recuperada.

Parece que para compensarme, el Universo nos ha hecho el gran regalo de una lactancia que ha fluido estupendamente.

Cuando pasado todo pregunté el por qué de la hemorragia me dijeron que había hecho una atonía uterina y que simplemente son cosas que pasan. Yo sigo pensando que la inducción tuvo algo que ver. Me hace (ninguna) gracia pensar que me hicieron sentir mal por pretender dejar evolucionar solo mi parto después de la fisura de la bolsa, pero en cambio me intervinieron tanto que quizá me pusieron en verdadero riesgo en nombre de sus protocolos. Soy una mujer muy bien informada (repito, soy pediatra) y sigo sin entender cómo no fui capaz de imponer mi criterio. En una segunda oportunidad quizá lo haré diferente.

Un abrazo Paula y gracias por dedicarte con tanta pasión a lo que te dedicas.

Melissa, Laia y Emma

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